Potenciando el presente

En colaboraciones anteriores he revisado la importancia de conectarse con el presente, más recientemente he debatido interna y apasionadamente sobre otros aspectos de este mismo tema; he presenciado la derrota de los argumentos en un sentido y pero también he atestiguado la victoria de los que sustentan otros sentidos. De este proceso, a veces agotador que en ocasiones me despierta cuando debería dormir plácidamente, han surgido algunas reflexiones que me gustaría compartir.

Me he convencido de que mi ser es en realidad un fenómeno físico, químico y biológico de una sustancia universal que está en continuo movimiento. Permanezco, en tanto el movimiento de esa sustancia me lo permite, es decir, en tanto que las condiciones y otros fenómenos se confabulan para permitírmelo. Las grandes ataduras de mi experiencia pasada que ya no existe, me atraen, atrapan mi atención y rompen mi conexión con el presente; me roban vida en la medida en que vivir es un estado siempre en conexión con el presente. Las grandes aspiraciones y anhelos que me embelesan y me transportan a estados y condiciones futuras que no existen en el presente, también me roban vida porque igualmente rompen mi conexión con el presente y me llevan a un mundo tal vez deseable pero hoy inexistente.

Resulta saludable encontrar la manera de estar en conexión permanente con el presente y blindarse contra las tentaciones de fuga, tanto al pasado como al futuro. En sí mismo el presente lo es todo, del pasado solo tenemos recuerdos y huellas y, del futuro solo tenemos expectativas y semillas.

He encontrado que el pasado por sí mismo carece de sentido, su utilidad reside en que explica el estado presente de las cosas. Análogamente, el futuro por sí mismo carece de sentido y nos es útil para comprender a qué estado de cosas nos llevarán los fenómenos que hoy tienden a crecer. Me queda claro que las nociones de pasado, futuro y el uso que les damos son producto de las funciones y capacidades cerebrales que como raza humana hemos alcanzado.

Mi ser, en su interpretación de un fenómeno complejo, convive con fenómenos incipientes cuya tendencia es de crecimiento y preponderancia a partir de que hoy son semillas y, al mismo tiempo, convive con fenómenos caducos que tienden a desvanecerse o fenómenos que ya desaparecieron y en el presente sólo encontramos sus restos cual si fueran cadáveres.

He encontrado que una manera de evitar desconectarnos del presente es confiando en que el fenómeno complejo que somos abra o cierre los archivos de nuestro cerebro, invoque todos los recuerdos del pasado e imágenes del futuro que necesite para manifestarse en plenitud, a la manera de una corriente de aire que abre o cierra las ventanas y puertas que encuentra a su paso para salir y seguir su curso.

Recordar es vivir es una frase que encierra una trampa. Un trampa que nos invita a traer a nuestro presente el recuerdo con el único objetivo de revivir lo bello que en su momento fue la experiencia real, es una forma de inducir una experiencia de vida que no es consecuencia natural del estado presente de cosas sino que nace del recuerdo y trata de imponer la materialización de una experiencia que solo puede aspirar a ser una copia incompleta de la original que ocurrió en el pasado. Recordar es vivir debería cambiar a vivir a veces requiere traer recuerdos que sumen al propósito de alcanzar una vida plena en el presente tan solo en la medida en que dichos recuerdos son necesarios para completar la experiencia que emerge naturalmente por el estado actual de las cosas.

Similarmente, se vale soñar y perseguir los sueños, son frases populares que también promueven un alejamiento del presente. Albergar estas ideas encierra el riesgo de sumergirse en los sueños e intentar imponerlos a nuestro presente. Dado que esa vivencia no es consecuencia natural del estado actual de las cosas será altamente probable que se quede en el nivel de las percepciones del soñador y lo obligue a construir un mundo de fantasía que no se corresponda con la realidad. El estado futuro por muy deseable que sea, no debería ser el punto de partida de nuestros deseos o actos. La intensidad de nuestro deseo y la fuerza de nuestros actos deberían orientarse, sobre todo, a mover las cosas de su posición actual para llevarlas a la posición que deberían tener en el estado de cosas futuro. Considero mucho más importante la intensidad de nuestro deseo y la fuerza de nuestros actos y, en particular, la dirección hacia donde movamos las cosas, por sobre el estado de cosas mismo que hemos anhelado; esta visión reduce la frustración, permite valorar nuestros avances y congratularnos de nuestros logros aun y cuando no alcancemos el estado idealizado.

Hoy percibo seductora la idea de que permanecer conectado con el presente estimula la práctica de la investigación forense para la comprensión del por qué los hechos consumados cuyos residuos y huellas cada instante me encuentro llegaron a ser lo que son; así mismo me estimula a practicar la habilidad de descubrir tendencias y visualizar a dónde nos llevará el estado actual de cosas y su dinámica. Me da la sensación de tener en la mano un presente en plenitud y lo verdaderamente sustantivo tanto del pasado como del futuro y  no lo vano ni lo superfluo de ellos; es mi interpretación de la totalidad, mi interpretación de vida plena donde el presente del dolor vale tanto como el del placer porque ambos constituyen parte intrínseca de la experiencia de vivir. Evitemos, cada vez que podamos, traer al presente experiencias pasadas y sueños sin conexión con la situación actual. En la medida en que ambos nos roban la riqueza de sensaciones y experiencias así como el poder de cambiar el estado de que cosas que solo el presente nos brinda, el pasado y el futuro son una trampa que hay que librar.

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Forma o fondo

Es frecuente la confusión entre los conceptos de forma y fondo; la forma está vinculada a la apariencia, el fondo con la sustancia; la forma es superficial, el fondo es profundo; la forma está vinculada con la manera en que se ejecuta una tarea, el fondo con la razón de ser de esa tarea; la forma está vinculada a las palabras que uso para decir algo, el fondo con la idea que trato de transmitir; la forma está vinculada con mi conducta, el fondo con mi naturaleza.

Se dice que en política la forma en que se hacen las cosas es el fondo mismo de ellas, haciendo alusión a que en política sólo se puede juzgar lo que se ve, es decir, la manera en que las cosas se hacen o se dicen, mientras que la intención se queda oculta en la persona que hace política y son escasas las oportunidades que disponemos para descubrir las verdaderas intenciones tras la forma en que el político las presenta.

Cuando en nuestra vida diaria confundimos esos conceptos, enfrentamos algunos problemas: al concebir la forma como fondo, generalizamos nuestros juicios, anticipamos conclusiones, nuestra superficialidad obstruye la conexión con la verdadera naturaleza de las personas, caemos en el engaño de que las personas son como las vemos. Cuando el fondo lo tratamos como forma, le restamos seriedad a lo que percibimos, banalizamos las relaciones, perdemos sensibilidad ante la gravedad real del sentir de las personas, lo verdaderamente importante queda trivializado.

Aún y cuando ambos conceptos importan al momento de juzgar nuestras acciones, es conveniente distinguir su significado. En el mundo de las empresas desarrolladoras de software, es común que los empleados asistan a sus labores bajo un código de vestimenta casual, seguramente porque se considera más importante la innovación y la creatividad que la manera de vestir; la calidad y eficiencia del software que desarrollan no está directamente relacionada con la vestimenta del desarrollador del software. Teniendo en cuenta esto, este tipo de empresas flexibilizan sus normas para propiciar un ambiente relajado y con ello, se exprese con mayor naturalidad la creatividad que buscan. Mientras que en un hospital, es muy probable que la vestimenta esté vinculada con la higiene, de modo tal que, una imagen de pulcritud transmite confianza a los pacientes que decidan ser atendidos ahí. La vestimenta puede comprometer la razón de ser del hospital.

En el interior de una organización habrá departamentos con objetivos muy específicos que por su naturaleza resultará conveniente conceder cierto tipo de libertades que atienden a la forma, siempre y cuando, estas no obstruyan, más bien contribuyan a facilitar el logro de objetivos y metas que son las razones de fondo que justifican la existencia del departamento: un horario laboral flexible, un código de vestimenta menos estricto, recursos específicos para el desempeño eficiente de sus tareas.

Recientemente he testificado la tendencia arquitectónica en edificios de oficinas, que prescinden del cielo raso, techos falsos o plafones y dejan a la vista los ductos de cables de electricidad o de comunicaciones, ductos de aire o tuberías de agua, como un atractivo novedoso a la manera de un reloj de pulsera que exhibe su maquinaria en pleno funcionamiento. El gusto por estas tendencias supone que esa apariencia no obstaculiza la consecución de los objetivos y metas de los empleados que ahí laboran.

Algunas empresas que privilegian el trabajo intelectual, innovador y creativo han permitido y hasta fomentado el uso de los cristales que delimitan la oficina de sus empleados como pizarrones para esbozar sus fórmulas y diagramas relacionados con la razón de ser de su trabajo. En un ejercicio imaginativo, si se me permitiera el privilegio de escribir mis planteamientos técnicos en las cuatro paredes que delimitan mi oficina, a condición de que en cualquier momento puedan ser borrados y sustituidos por nuevos planteamientos, tendría un impacto directo en mi estado de ánimo, me permitiría recuperar la sensación de libertad que mi infancia imprimió en mi subconsciente, fomentaría que mi subconsciente contribuyera a encontrar formas diferentes de hacer las cosas, la percepción de que mis planteamientos técnicos alrededor mío me envuelven, a la manera de una sala de cine 4Dx, me convencería que las tareas que llevo a cabo como parte de mi trabajo no son un esfuerzo desgastante por el que recibo un pago, sino parte intrínseca de mi vivir cotidiano; me satisfaría que otros vieran el lenguaje simbólico que describe los procedimientos que estoy desarrollando más que preocuparme ante la eventualidad de que lo escrito sea percibido como un mensaje vulgar.

Los especialistas, comparan la consciencia con la punta de un iceberg, visible por encima del nivel del mar, pretendiendo ilustrar que hay una parte mucho más grande del iceberg, invisible desde esa perspectiva, que representa el subconsciente, con mucho mayor potencial y con recursos tales que bajo situaciones de emergencia puede tomar control de la consciencia para imponer acciones que permitan superar la emergencia. Disponer de un entorno que permita la expresión del subconsciente significa poner a disposición de los objetivos de la empresa un recurso del empleado mucho más poderoso, además de que por otro lado, ignorar el subconsciente de los empleados en la creación del entorno laboral expone a la empresa al riesgo de que el subconsciente de sus empleados de todos modos se manifieste sin control y sabotee su eficiente desempeño, en particular cuando su principal misión es desarrollar nuevas y más eficientes formas de hacer las cosas que implican procesos mentales, rompimiento de paradigmas, usar la experiencia sin atarse a la manera en que siempre se han hecho.

Naturalmente, esta reflexión supone que cumplir la misión y alcanzar los objetivos de la empresa constituyen la razón de fondo de su existencia y explorar nuevas maneras de llevar a cabo nuestras tareas y elegir la mejor de entre ellas, es un tema de forma que no compromete el fondo. La construcción del entorno laboral debe fomentar el uso y aprovechamiento del recurso humano del que su subconsciente es un componente determinante que puede apoyar el alcance de los objetivos de la empresa en lugar de ser un obstáculo que merme la eficiencia y competitividad.

Masa y energía

En términos simplificados, el peso de un cuerpo es su masa modificada por la fuerza gravitacional. Esto permite aceptar que la cantidad de masa de un cuerpo se mida en kilogramos. Luego entonces, de acuerdo con la muy famosa fórmula de Einstein, E=mc2, que se lee como, la energía en reposo contenida en un objeto es su masa multiplicada por el cuadrado del coeficiente de la velocidad de la luz. La masa de un cuerpo puede ser convertida en energía y se puede decir que es energía condensada y atrapada en estructuras más o menos estables en el tiempo, cuya duración es sinónimo del tiempo de vida de ese objeto.

Por otro lado, hay una corriente de estudiosos de la física que afirman que las partículas organizadas de una forma tal que conforme a sus características, dan lugar a las diferentes estructuras materiales, en realidad no existen puesto que solo son oscilaciones localizadas de cuatro campos cuánticos universales a través de los cuales se manifiesta el espacio, generados por cuatro fuerzas básicas: gravitación electromagnetismo, fuerza nuclear débil y fuerza nuclear fuerte. Dichas oscilaciones se mueven y su comportamiento se ve afectado por la presencia de otras a su alrededor, se organizan y dan lugar a la gran diversidad de fenómenos conocidos, pero seguramente a muchos más por conocer, dentro de los cuales se encuentran los diferentes tipos de materiales y sus características algunas de ellas francamente asombrosas. Somos entonces la confluencia de cachos de esos campos cuánticos cuya continuidad llena el universo; dentro de esos cachos se dan las oscilaciones localizadas mismas que pudieron provenir de fuera o surgir de dentro de los límites identificados con nuestro yo. Estas oscilaciones más o menos estables dan lugar a toda nuestra estructura material.

La fuerza de la intención para lograr algo es prácticamente un sinónimo de nuestro yo y tiene una naturaleza energética en su forma más pura. El yo es energía, parte de ella en su forma pura pero otra parte es energía condensada que constituye la masa de nuestro cuerpo, luego entonces, el cuerpo es una parte de nuestro yo energético en su presentación material tangible. Al momento de ser concebidos nuestra masa era muy pequeña, la masa que podía tener la primera célula resultado del óvulo materno recién fecundado y sin embargo a la adultez acumulamos millones de veces más masa que esa primera célula. La masa que tenemos cuando adultos la adquirimos principalmente al incorporar a nuestro ser la masa de los nutrientes de los alimentos que consumimos aun y cuando desechamos gran parte de ellos. Estoy muy cerca de convencerme que la fuerza de mi intención es sinónimo de la energía contenida en los cachos de campos cuánticos donde se materializa mi existencia.

Tanta energía que constituye nuestro ser me plantea algunas interrogantes, ¿ante el evento de la muerte de nuestro cuerpo, por qué tenemos que aceptar que el cuerpo se desintegre y por lo tanto la energía en él contenida se disipe sin algún sentido?, ¿a dónde va tanta energía contenida en la masa de nuestro cuerpo al morir?, ¿por qué hemos de dejar ir la energía de nuestro cuerpo que forma parte de nuestro yo total?, ¿Cómo podemos retener una parte importante de la energía que nuestro cuerpo produce y, en última instancia, cómo podemos retener la energía contenida en nuestro cuerpo para fortalecer nuestro yo en su naturaleza esencialmente espiritual?

Si nuestro cuerpo es parte del yo total, soltar el cuerpo al morir sería equivalente a una mutilación de nuestro yo; equivalente a una extrema amputación; equivalente a una dolorosa pérdida de la enorme cantidad de energía que nos constituye tan solo porque en algún momento se nos enseñó que la genética es implacable, que nuestro yo, resultado de esa genética, no tiene el control de sí mismo solo le queda obedecer leyes externas que lo gobiernan. Si convirtiéramos un gramo de masa en energía pura, tendríamos energía para impulsar un auto de 140 caballos de fuerza durante poco más de 30 años. Al menos yo dispongo de 85 kilogramos de masa y me parece un cínico desperdicio aceptar que la energía de 85 kilogramos de masa se deje en absoluta libertad mientras mi yo empieza debilitado la siguiente etapa de su existencia a partir del desvanecimiento material del cuerpo que no es otra cosa que su muerte. El camino más simple a todas luces absurdo para convertir mi cuerpo en energía sería hacerlo explotar desde su estructura nuclear, pero puesto que no he avanzado lo suficiente en garantizar que esa energía seguirá vinculada a mi yo, terminará por disiparse en infinitas direcciones, es más, hoy ni siquiera tengo la certidumbre de que pueda evitar su disipación, aunque mi razonamiento actual paso a paso me conduzca a ello.

Si la estructura material que da lugar a mi existencia física es resultado de las oscilaciones de los cachos de campos cuánticos identificados con mi yo, no obstante que cambie la materia y su estructura, o desaparezca mi cuerpo con el desvanecimiento de las oscilaciones localizadas de los campos cuánticos, estos seguirían oscilando de manera aleatoria permitiendo mi existencia inmaterial pero eterna, entonces, no debería quedar duda alguna de mi naturaleza inmortal. Teniendo conciencia plena de esta conclusión no debería buscar la eternidad puesto que ya la tengo aunque mi manera de pensar, sentir, decidir, actuar debiera guardar total congruencia con esa condición y es muy probable que con ello consolide precisamente lo eternidad anhelada. El principio cuántico de la superposición de estados, que en términos simples, dice que una determinada realidad no está definida a priori sino que queda determinada en el momento mismo en que se la identifica; dicho lo mismo desde otra perspectiva, el principio de indeterminación establece que una partícula subatómica está en todos lados al mismo tiempo y hasta que se mide su posición tiene posición fija; y desde un tercer punto de vista, el comportamiento “inteligente” de una partícula subatómica que se comporta como onda o como partícula conforme a lo que busca probar el investigador me permiten concluir que depende de la concepción que yo tenga de mi naturaleza y si mi naturaleza es cuántica, mi yo está en el mundo cuántico, ahí donde cualquier realidad es posible y, con mi decisión y la fuerza de mi intención puedo definirla.

Debemos tener en mente que el mundo cuántico y el mundo cotidiano de ninguna manera son mundos separados e independientes. Con el mundo cotidiano me refiero a los fenómenos, relaciones, comportamientos que en mi condición humana me permiten convivir con objetos, animales, plantas, incluso con otras personas. Pero todas estas cosas están hechas de “ladrillos” que a su vez están hechos de un tejido de partículas elementales que, como escribí antes, tan sólo son oscilaciones de los cuatro campos cuánticos básicos que llenan el universo. Verme a mí mismo y al mundo desde la perspectiva de los objetos, animales, plantas o personas es la forma más natural e inmediata, en realidad estoy tratando de verme y ver a ese mismo mundo, los mismos objetos, animales, plantas o personas incluso, sus fenómenos, sus relaciones y comportamientos desde la perspectiva de los ladrillos, el tejido, las partículas, es decir, las oscilaciones de los campos cuánticos que los constituyen y los principios que los rigen.

Estoy cierto que de alguna manera mi subconsciente ya está trabajando en este tema y, aunque no tengo conciencia de cómo, sí tengo certidumbre de que está evolucionando la naturaleza de mi yo y la concepción de mí mismo. Mi yo paulatinamente va tomando posesión de la energía que materializa mi cuerpo para reducir la que se disipará cuando sobrevenga la muerte, si como parece, ésta no fuera evitable. Más importante que alcanzar el objetivo de vincular a mi yo la totalidad de la energía que da forma a mi cuerpo es avanzar en esa dirección. Cualquier avance en este sentido ya lo considero una enorme e invaluable ganancia.

Querer es poder (parte II)

El querer es una energía que nos mueve y todo lo que somos se alinea en pos del objeto del querer. La capacidad de esa energía para lograr grandes cosas o grandes cambios depende de su intensidad y profundidad pero también ayuda la disposición que tiene lo que nos separa del objeto del querer, para alinearse y facilitar el fluir de la energía.

Es común decir que en temporada navideña un cierto espíritu nos invade; todo mundo tiene un ánimo festivo, todo mundo está dispuesto a abrazar y ser abrazado, todo mundo se dispone a compartir y regalar; pero tristemente, poco nos deja ese espíritu para el resto del año cuando se marcha al término de la temporada navideña. Más rápido de lo deseable, regresamos a una dinámica de continua lucha por nuestros intereses los que a veces ponemos por encima de los legítimos intereses de los demás. Cabe entonces la pregunta, ¿de dónde nos viene la energía del querer? Para mi es claro, esa energía no nos viene de afuera, es parte de nosotros mismos.

En una ocasión, inquieto por el significado de un sueño que me despertó, muy parecido a una pesadilla, le pedí explicación a mi psicoanalista y me dijo: los sueños son una construcción nuestra, están hechos de nuestra propia energía; nosotros escribimos el guión de nuestro sueño, diseñamos y construimos el escenario, los personajes y sus características y, nuestra propia energía les da existencia en nuestra mente. Esto sugiere que la energía que somos se transforma para dar lugar al yo en nuestro sueño y a todo cuanto en él existe, luego entonces intuyo que esa energía es la misma que le da fuerza a nuestro querer.

Por otro lado, me parece que la estructura sintáctica del idioma, particularmente en el caso del español, no ayuda y la programación neurolinguística que origina nos perjudica: nos referimos a nuestro espíritu, nuestra alma, nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestra energía, etc., dando a entender que existe una relación de propiedad entre un sujeto que somos nosotros y cada uno de los objetos que poseemos. El yo que representa el sujeto, en esta relación, no se identifica, no sabemos qué es, de qué esta hecho, cuál es su sustancia, dónde reside, etc.,  solo identificamos los objetos de los que es propietario pero poco decimos de la identidad de ese yo. Ahora, no tengo duda de que no hay una relación de posesión sino de identidad, es decir, esta relación de posesión solo es una trampa del lenguaje. El espíritu, el alma, el cuerpo, la mente son parte de la energía total que somos. No hay tal fragmentación de nuestro ser ni un yo totalmente difuso propietario de todos los fragmentos.

Dando por válida la definición de materia de un diccionario respetable, “la materia es energía condensada”, se puede concluir que estamos hechos totalmente de energía, con diversos grados de condensación; quizá la energía más condensada da lugar a los dientes, los huesos serían energía menos condensada pero más que nuestros músculos, éstos a su vez, serían energía más condensada que nuestra sangre, pero la sangre más condensada que nuestro humor o la energía calorífica que emitimos. Si esto es así, una consecuencia natural, sería aceptar que nuestro yo es un cúmulo de energía, que también es un centro de atracción y se manifiesta en forma diferente, según un grado variable de condensación. A partir de esto, me resulta lógico entender el acto de fallecer como una dolorosa y traumática división de la totalidad de la energía que nos constituye, donde resulta crítica nuestra decisión sobre si nuestro yo quedará atrapado en la parte de nuestra energía sujeta a la dinámica de descomposición orgánica, en cuyo caso, el yo termina por desvanecerse con la desintegración. Otra opción es que el yo continúe su existencia como el cúmulo de energía alrededor de un centro de atracción, menos condensada representada por nuestra conciencia y, habiendo superado el trauma del fallecimiento, como la mutilación extrema, estaría más cerca de la existencia eterna.

La efectividad del querer depende de la parte de nuestro ser de donde proviene su energía. Podemos imaginar un estructura de árbol, donde a partir de un tronco único nace un primer grupo de ramas que a su vez, cada una de ellas se va dividiendo en otro grupo de ramas. Cualquier transformación sufrida por una rama, es de esperar que afecte cualquier rama que descienda  de ella. Cualquier rama sufrirá el efecto derivado de la transformación sufrida por alguna rama ascendiente. El querer que no nace de la profundidad de nuestro ser no puede aspirar a alinear la totalidad de nuestro ser. Si nace de alguna parte de la estructura de árbol solo puede aspirar a alinear las ramas que de ella descienden, con el resto muy probablemente habría inconsistencia. Ésta parece ser la explicación de por qué, en muchas ocasiones, nuestro querer no convence a los demás. Disminuye la efectividad de nuestro querer con las inconsistencias percibidas por los demás. Por ejemplo, una chica que, ante la propuesta de noviazgo, contesta con un “ahorita no me interesa” pero con una expresión risueña y con movimientos corporales juguetones, no debería esperar que el pretendiente entienda que el “no me interesa” es definitivo y que debe retirarse para no insistir más; la inconsistencia perceptible entre sus palabras y su actitud dará esperanza al pretendiente y, seguramente, éste insistirá con mayor determinación hasta consumar la conquista.

En otro ejemplo ilustrativo, supongamos que una casa ha sido construida de hielo, el hielo evidentemente es agua, pero el agua es una sustancia constituida por un átomo de oxígeno y dos de hidrógeno. Estos dos elementos son estructuras hechas de electrones, protones y neutrones. Si un auto impacta la casa, evidentemente la dañara pero sólo lo hará en la parte que la impactó. Si aumenta la temperatura digamos a 20 grados centígrados sobre cero derretirá el hielo y la totalidad de la casa se desvanecerá, pero el agua que constituía el hielo permanecerá. Si ahora vertimos una sustancia química sobre el agua, podría ser que el agua dejara de serlo para dar lugar a otro compuesto diferente, en cuya estructura también encontraríamos electrones, protones y neutrones. Una explosión nuclear justamente consiste en destruir el núcleo del átomo que probablemente desintegre las partículas que lo forman pero se preservaría la sustancia de la que esas partículas están hechas. Cada transformación en uno de los estados ilustrados en este ejemplo afectará los estados previos de forma similar a la estructura de árbol y, la explosión nuclear sería el evento que tendría el efecto de mayor alcance. Tanto este ejemplo como la estructura de árbol ilustran la idea de que en la medida que la energía de nuestro querer proviene de lo más profundo, es decir, del tronco de donde surgen todas las ramas, entonces se logrará la máxima alineación que elimina cualquier incongruencia y la efectividad del querer para alcanzar el objetivo sería maximizada.

La energía de nuestro querer es nosotros mismos y es una con la energía que, gracias a los diferentes grados de condensación, constituye todas las partes de nuestro ser, por lo tanto, querer algo es más una decisión de ser, de desear, de involucrarse, de comprometerse, de atraer y, menos de hacer, menos de transformar, menos de poseer, menos de someter, menos de dominar. En este orden de ideas, cuando queremos algo desde lo profundo todo nuestro ser se convierte en una fuerza de atracción al mismo tiempo que nos mueve a abrirnos paso para llegar a lo que queremos. Con la alineación de toda la energía que somos, contagiamos y con ello alineamos cuanto nos rodea para facilitar nuestro avance hacia lo que queremos, como un fluido energético por un cable conductor con nula resistencia. Para visualizar esto, ayudaría imaginar cómo sería el encuentro de dos personas que se aman profundamente, después de un largo periodo de separación; seguramente correrían a su encuentro mutuo con un anhelo tal que todo su ser estaría involucrado en el proceso de sortear cualquier obstáculo que se interpusiera y con ansia buscarían alcanzarse el uno al otro. Ilustración elocuente de la energía que acompaña el querer que impulsa la alineación de lo necesario para así, alcanzar el objetivo buscado.

Querer es poder

En la era actual de la información, sabemos que al tener información tenemos poder; nos permite controlar la situación, tomar decisiones, anticipar resultados, influir en otros, etc., pero también podemos llegar a conclusiones falaces. Por ejemplo, por un lado sabemos que información (I) es poder, lo cual para fines prácticos podemos decir que es lo mismo que potencia (P), por el otro, también sabemos que el tiempo (t) es dinero (D). A partir de la física sabemos que trabajo (T) es igual a potencia (P) por tiempo (t), es decir, T=P x t, haciendo las sustituciones correspondientes T=I x D, de esta última expresión podemos despejar el dinero y la igualdad quedaría, D=T/I, esto permite concluir que para maximizar el dinero no es necesario trabajar demasiado sino saber muy pero muy poco, es decir, carecer de información hace I=0 y por lo tanto, el valor de D puede ser tan grande que seríamos archimillonarios. Espectacular y hasta divertido ejercicio pero, en la vida diaria, observamos que ocurre exactamente lo contrario.

La información nos permite clarificar nuestras ideas y definir lo que queremos, pero también nos muestra lo que se puede y lo que parece ser imposible que se pueda; cuando la información nos dice que algo no se puede se convierte en una barrera para el querer, es decir, nos convence de que no tiene sentido querer lo que es imposible que ocurra. Sin embargo, desde mi punto de vista, querer es un impulso energético poderoso que nos mueve a buscar con afán la manera en que lo que se quiere se puede lograr y, en muchas situaciones, es mejor ignorar la información que nos dice que no se puede, para que la energía del querer fluya sin vacilación y mueva lo necesario para que sí se pueda.

La biblia relata que Dios se refirió a la ignorancia de su pueblo elegido como la causa de su declive: “mi pueblo pereció por falta de conocimiento” y en otras referencias invita a buscar la sabiduría con la cual, el cristiano puede disfrutar de larga y próspera vida. Esta relación entre información, querer y poder, nos hace pensar que a partir de la información podemos definir qué queremos y entonces esforzarnos por encontrar el modo en que las cosas ocurran, lo cual equivale a tener poder. Cuando equiparamos la información con poder, hacemos referencia a que cuando uno está informado toma mejores y más oportunas decisiones para alcanzar un resultado que una información suficiente nos permite anticipar.

Con querer es poder, la sabiduría popular quiere decir que cuando uno quiere se esfuerza por encontrar la manera de que las cosas sucedan, pero es un hecho que no se puede querer lo que no se conoce, para ello se requiere información. Los pioneros que poblaron el territorio que hoy es Estados Unidos, tenían mucho más claro lo que perseguían y muy probablemente lo buscaron en Inglaterra, pero al no encontrar las condiciones decidieron aventurarse a un nuevo mundo con riesgos desconocidos y en él, lograron alcanzar el bienestar que buscaban y que se convirtió en el antecedente del american way of life, que tanto enorgullece hoy a los estadounidenses. El caso contrario resultó con los conquistadores españoles que buscaron más la aventura que un mejor mundo dónde vivir porque sus antecedentes de vándalos y expresidiarios no les permitió vislumbrar y mucho menos aspirar a algo mejor.

Como en otro ensayo escribí, hay información estructural contenida en nuestro ser y tal es la fusión entre nuestro ser y la información de tipo estructural que contiene, que podemos considerar que son lo mismo, puesto que la totalidad de nuestro ser queda determinado por ese tipo de información. En este orden de ideas, la información que somos encierra el poder de autotransformarnos, bastaría decidirlo con una convicción suficientemente profunda. Al cambiar la información estructural cambia nuestra forma de ser por consecuencia, pero para preservar la continuidad del ser, es indispensable desapegarse de formas de ser que nos identifican, que nos sientan cómodas o que hemos aceptado como imposibles de cambiar porque las consideramos parte de lo que somos. Tenemos que liberarnos de la forma en que los demás nos etiquetan. No debemos aferrarnos a la forma que hoy tenemos y pretender preservarla por siempre. La forma es la apariencia no el fondo y, en la medida que no nos atemos a una forma de ser particular, podremos aspirar a preservar nuestro ser. La libertad que nos demos para adoptar cualquier forma amplía las posibilidades de adaptarnos a nuevas condiciones y así podemos preservar la continuidad de nuestro ser.

Hace varios años, la hija de una vecina con sobrepeso también tenía sobrepeso y sus padres, preocupados por ello, le practicaron un gran número de estudios clínicos con el propósito de encontrar una causa fisiológica por corregir con algún tratamiento médico. A pesar de sus esfuerzos, no encontraron la causa en ese terreno y, en un último esfuerzo, acudieron con un especialista a que le aplicara una evaluación psicológica. El especialista les informó que no había una causa clínica para el sobrepeso de su hija que ameritara ser corregida médicamente; el sobrepeso de la niña se debía a una profunda admiración por su madre y tal era el querer parecerse a ella que desarrolló el sobrepeso.

En una ocasión la fisioterapeuta de mi hijo, me explicaba, en la terapia física se trabaja en crear conexiones nerviosas donde aparentemente no hay, esas conexiones permiten que la persona sea consciente de que existen y las use para enviar los impulsos energéticos que modificarán el estado de sus músculos en el sentido adecuado para efectuar movimientos útiles que en coordinación con otros movimientos en tantos músculos como sean necesarios, se puedan ejecutar movimientos complejos como caminar, hablar, tejer, etc., desarrollemos nuevas habilidades o recuperemos aquellas que hallamos perdido si nuestro estado de salud se ha deteriorado. Cada vez me convenzo más de que esos impulsos energéticos representan la energía del querer.

La energía intensa del querer permite alinear cuanto se necesite para que las cosas deseadas sucedan. Una combinación conveniente de acciones de esa energía sobre ciertas cosas como atraer, empujar, sacudir, etc., ejecutadas esas acciones con tal prioridad e intensidad que las cosas armonicen y se muevan hacia una posición conveniente para alcanzar el nuevo estado que se anhela. Creo que procedemos de esta manera aún sin saberlo o entenderlo. Usamos los recursos a los que tenemos acceso para lograr que las cosas ocurran como nuestro cuerpo, nuestra mente, etc., en general, todo lo que somos se alinea en la dirección del objetivo de un querer intenso. Esto no puede ser de otra manera, porque resulta inverosímil que por ejemplo, un portero de soccer muy exigido en el área chica tenga la posibilidad de razonar y decidir secuencialmente los músculos que debe mover y en qué grado debe hacerlo para detener un disparo a gol a bocajarro. Lo más probable es que a partir del programa de entrenamiento físico, logre poner todo y cada parte de su ser a disposición de un querer intenso de detener el disparo a gol y con ese objetivo, el funcionamiento de todo su ser se alinea y se mueve a la velocidad requerida para efectivamente detener el disparo.

La información estructural está en nuestro ser, cambiarla equivale a cambiar nuestro ser. Para cambiar en determinado sentido necesitamos un querer suficientemente intenso y profundo que alinee todos los recursos a nuestro alcance. Este proceso debe ser total y no secuencial, a la manera en que trabaja el hemisferio derecho de nuestro cerebro que permitiría darle una forma determinada a un globo inflado mientras que la forma secuencial en que trabaja el hemisferio izquierdo, provocaría que al presionar el globo inflado, no tengamos control del aire atrapado y éste forme un chipote de tamaño y en lugar imprevistos.

Sabemos que todo movimiento que parte del reposo no inicia grande, siempre inicia pequeño y sutil. Un movimiento difiere de otro en la velocidad con la que se expande. Esta velocidad hace la diferencia entre una potente explosión o la apertura de un botón para convertirse en flor. Seguramente, dicha velocidad está íntimamente relacionada con la disposición del entorno para alinearse a la expansión del movimiento. Para lograr el objetivo de cambiar nosotros, se necesita un querer suficientemente intenso y profundo tal que todo se alinee y se mueva para alcanzar el objetivo de ser de determinada manera, a la manera del querer intenso del portero de soccer que detiene el disparo a gol. No porque este querer nazca pequeño y sutil, hemos de concluir que no alcanzará para lograr grandes cambios, más bien depende de que todo esté alineado al mismo objetivo para incrementar la probabilidad de que ocurra precisamente lo contrario. En lo más profundo de nuestro ser, seguramente reside la certidumbre de que esto funciona de esta manera. Me parece que así hemos llegado a la condición que tenemos en el presente; seguramente tomamos materia prima de nuestro entorno en la forma de nutrientes que hemos incorporado a nuestro cuerpo al convertirlos en los millones de células que hoy justifican nuestro peso y que no formaban parte del kit de arranque que nos donaron nuestros padres biológicos en la primera célula, fundamentalmente a partir de un querer profundo y vigoroso de ser y de vivir. La energía poderosa de nuestro querer ser y vivir seguramente fluyó a través de la información estructural genética que nos donaron nuestros padres por motivaciones muy suyas, como si esa información fuera el manual de operación de nuestro organismo y la energía del querer pusiera en funcionamiento un motor representado por la primera célula que transforma la materia prima representada por los nutrientes, genera energía y se multiplica en la forma de células con estructuras y funciones diferentes tal y como las necesitamos para que finalmente, nuestro ser alcance la forma física que hoy tenemos. Un ejemplo de información estructural y de este tipo de motor es el virus de una cierta enfermedad que por sí mismo no tiene vida propia, a diferencia de las bacterias que también provocan enfermedades. Se sabe que el virus es una estructura inerte de proteína que al instalarse en la célula se aprovecha de su energía y toma de ella, la materia prima para replicarse dejando una copia de si mismo en las células vecinas; en todas las células contaminadas obstruye su sano y eficiente funcionamiento cambiándolo de tal forma que provoca los síntomas particulares de la enfermedad.

La cultura que como humanidad hemos construido nos ha llevado a olvidar que hay poder en el querer y lo puede haber suficiente para lograr grandes cambios y que puede alcanzar hasta para modificar la información estructural en un sentido tal que lleguemos a asumir la forma de ser que nos convenga para adaptarnos a nuevas condiciones y con ello, preservar la continuidad de nuestro ser. La cultura moderna nos ha convertido en rehenes de su lógica y nos ha llevado a aceptar que hay limitaciones imposibles de cambiar, la información genética entre ellas. Nos ha llevado a buscar soluciones externas cuando nuestra salud se deteriora, ya sean por la vía de la medicación o de la cirugía, incluso soluciones externas para un anhelo ancestral de la humanidad; ser eternamente jóvenes. Nos ha llevado a aceptar que la forma de ser a la que llegamos es por  fuerzas que no controlamos, muy a pesar de que, como dije antes, no pudimos llegar a ser lo que somos si no hubiera sido por un querer suficientemente intenso y profundo de ser y de vivir. Patrañas, simples patrañas. No hay duda, querer es poder.

La información estructural

Entendemos por información, un conjunto de datos útiles para tomar decisiones sustentadas. Tradicionalmente se acepta que la información consiste en textos escritos que se integran en documentos, revistas, libros etc., más recientemente, a los medios tradicionales que contienen información se han agregado los medios que almacenan audios y videos. Sin embargo, hemos dado por hecho que la información ya se encuentra dispuesta para ser accesada, entendida y analizada. Este punto de partida ha dividido los roles de quienes nos relacionamos con la información: quienes la generan y quienes la usan.

La primera vez que escuché que el Ácido Desoxirribonucléico (ADN) contenía toda la información de lo que ha sido y será nuestra evolución orgánica a lo largo de nuestra vida, quedé con cara de what. Procedí a pensar sobre el tema y llegué a la conclusión de que no obstante que el ADN contiene la información que se le atribuye, ésta no corresponde al mismo tipo de información. Información sí es, pero lo es de tipo estructural; supongamos que hace diez años, machete en mano intente derribar un árbol, y que por fortuna, no logré arrancarle la vida, hoy un turista desconocido que visita por primera vez el lugar, encontrará en el árbol las huellas de las lesiones que con poco amor a la vida natural le propiné. Podemos decir que las condiciones actuales del árbol le da información al turista sobre lo que padeció diez años atrás; este tipo de información es la que yo llamo de tipo estructural.

Algunos ingenieros en electrónica explican la naturaleza del chip como una placa de silicio donde se imprimen una serie de circuitos, entendidos éstos, en forma muy simple, como un conjunto de caminos por donde transitarán los impulsos eléctricos mismos que, a su paso por una ruta determinada, cambiarán la carga eléctrica de ciertas partículas; encenderán o apagarán las partículas de forma equivalente a abrir y cerrar puertas que a su vez, condicionarán las rutas por las que se desplazarán los impulsos eléctricos a cuyo final, en conjunto, configurarán la respuesta específica del chip al impulso eléctrico que entró en él. Podríamos decir que el chip también tiene información estructural.

A través de miles de años la orografía de nuestro querido planeta tierra se ha ido modificando por la lluvia, el viento, la actividad volcánica, el movimiento de las placas tectónicas, etc. Tomando particularmente el caso de las corrientes de agua derivadas de la lluvia, éstas siguen rutas que, en principio, están determinadas por las barrancas y ríos ya existentes pero dependiendo de la intensidad de las corrientes en combinación con otras condiciones del tipo de suelo y meteorológicas, las rutas se van modificando hasta que algunos miles de años después, la orografía mostraría un rostro muy diferente de la tierra. Los geógrafos tratan de descubrir la información estructural contenida en la orografía que resulte útil para tomar decisiones de protección civil, política de vivienda o política económica.

Como expliqué, considero que nuestro ADN tiene información estructural sobre las características que tenemos y condiciona nuestra evolución orgánica a través de nuestra vida. Esta información constituyó el kit de arranque donado por nuestros padres biológicos convirtiéndose en el manual de operación con el que ha funcionado nuestro organismo. En un momento cumbre y sin saberlo, nuestros padres también nos entregaron el primer impulso, la chispa de la bujía, el primer movimiento del péndulo, la primera descarga de energía que fluyó a través del ADN para convertir una primera célula en un motor con cierta autonomía que generaría su propia energía y tomaría los insumos del entorno inmediato, particularmente el organismo materno para multiplicarse en otras células con su propia dotación de información estructural, la cual a su vez condicionaría su evolución en células específicas para, en conjunto ir configurando los diferentes tejidos, órganos, aparatos y sistemas con funciones y roles también muy especializados que hacen que nuestro organismo completo funcione como funciona.

Con información estructural, también quiero decir que la información contenida en algo es el algo mismo: la información contenida en el árbol es el árbol; la información contenida en el chip es el chip; la información contenida en la orografía es la orografía y la información contenida en nosotros es nosotros mismos. Este razonamiento nos debe servir para entender que, no obstante que lo que somos está influenciado por la información estructural que contenemos, nosotros somos la información estructural y cambiar nosotros es cambiar la información estructural que contenemos y, que está en nuestra decisión relanzar un proceso evolutivo que nos permita adaptarnos a nuevas condiciones y hasta frenar procesos degenerativos ya sea mentales, emocionales u orgánicos. Este tipo de decisión no es de hacer sino de ser, aceptando sin dudar que el hacer es consecuencia del ser. Hemos caído en la trampa de plantearnos un dilema del tipo de ¿quién fue primero, el huevo o la gallina? y hemos contestado que primero es la información estructural como sería el caso de la que contiene el ADN y después somos lo que somos en consecuencia, cayendo sin saberlo, en un determinismo que luce imposible siquiera de intentar cambiar. Hay esperanza. El cambio depende de nosotros porque nosotros somos la información estructural que determina nuestro ser y nuestra particular forma de ser. Cambiaremos cuando decidamos y lo haremos en la dirección que decidamos siempre y cuando lo hagamos con una convicción suficientemente profunda.

Por ejemplo, si cuando estamos solteros nuestra estructura conceptual y emocional descansa sobre el concepto de familia, es decir, sobre el vínculo armónico entre papá, mamá y hermanos, es un hecho que todo cuanto pensemos, sintamos, decidamos o hagamos siempre estará en función de qué tanto procura el bienestar familiar, llegado el momento de enamorarnos de alguien que no es de nuestra familia, dicha estructura entra en crisis al empezar a poner el concepto de matrimonio en el cuál desempeñaremos un rol distinto, justamente en sustitución del concepto de familia. La manera en que incorporamos el nuevo concepto o le cambiemos la posición relativa frente a otros conceptos, de alguna manera está influenciada por nuestra estructura actual, pero precisamente a partir de esto la estructura será distinta y ya no pensaremos, sentiremos, decidiremos o actuaremos igual, lo cual es evidencia de que ya somos distintos. Nuestra estructura conceptual y emocional condiciona la manera en que enfrentaremos las nuevas experiencias de vida pero esas experiencias no pasarán de largo sin afectarnos. Sin duda, la estructura conceptual y emocional será distinta por causa de dichas experiencias de vida.

Entonces, cambiar la información estructural que contenemos es cambiar nuestro ser, lo cual constituye un proceso evolutivo al que en cualquier momento presente, que justo cuando lo estamos viviendo tiene mucho poder como lo escribí en otro ensayo con anterioridad, le podemos ajustar la dirección para alcanzar estados donde logremos tener la armonía y la plenitud que anhelamos.

El verdadero riesgo del egoísmo

En general, se entiende por egoísmo, la actitud de una persona de ir por la vida solo motivado por sus propios intereses, si fuera necesario, pasando incluso por sobre los lícitos intereses de los demás.

Hay quienes piensan que una cuota saludable de egoísmo sirve para tener metas personales, buscar los placeres típicamente humanos, atender primero los intereses propios para después pensar en algo que compartir a los demás, construir un proyecto de vida, y que, todo esto en conjunto, hará que valga la pena vivir y nos moverá a amar la existencia, mientras que renunciar totalmente a esa cuota de egoísmo y asumir que cuanto hacemos no tiene ningún sentido para nuestra persona, sino que sólo es un misterioso capricho de Dios al que estamos subordinados, le puede quitar el sabor a la vida, llevarnos a otro tipo de vacío que, en el extremo, puede conducirnos al autoabandono incluso, al extremo de dejarnos morir. Está claro que el egoísmo exacerbado confronta a una persona con lo que le rodea y generalmente se acepta que la dependencia del entorno es tal que dicha confrontación no representará a la persona otro resultado que una irremediable derrota. Por otro lado, vivir sin el mínimo rasgo de egoísmo pareciera implicar que uno puede dejar de pensar en sí mismo con el riesgo de perder todo interés en la vida.

En mi esfuerzo por aclarar las ideas, encontré que nuestra estructura conceptual y emocional se parece mucho al modelo de molécula de algún compuesto químico que muchos tuvimos que representar en nuestros cursos escolares de secundaria. La esfera de unicel que representaba un átomo sería como cada uno de nuestros conceptos, los palitos de paleta que las unían serían las asociaciones emocionales entre los conceptos, el tamaño de la esfera representaría de cierta forma, la importancia del concepto y el grosor del palito, la intensidad de la carga emocional con la que asociamos cada uno de nuestros conceptos con el resto. Una estructura conceptual y emocional de un adulto podría estar representada por un modelo de molécula muy compleja mientras que la de un niño, por el contrario, sería pequeña y sencilla. Al colocar el modelo de molécula sobre la mesa, las esferas de unicel y los palitos de paleta en las que se apoyaría el resto del modelo representarían aquellos conceptos fundamentales que sostienen toda nuestra estructura conceptual y emocional, de tal modo que si una esfera de unicel o alguno de los palitos de paleta en los que se apoya el modelo se rompiera, la estructura completa podría venirse abajo y representaría, entre otras cosas, que la persona pierde el control de sí mismo pudiendo caer en depresión y poner en riesgo su existencia al irse debilitando sus deseos de vivir.

Cuando alguna experiencia particularmente intensa y profunda nos reta a modificar nuestra estructura conceptual y emocional como podría ser el caso de un evento de vida o muerte, sería equivalente a que tuviéramos que sustituir alguno de nuestros conceptos fundamentales por otro que se convierta en el sostén de nuestra nueva estructura. Esto sería equivalente a modificar el modelo de molécula cambiando la posición relativa de las esferas de unicel en las que descansan el resto con el riesgo de desestabilizar el modelo completo y que sobrevenga el derrumbe. Los cambios en nuestra estructura conceptual y emocional implican unas veces un tiempo corto pero otras períodos indeseablemente largos en que nos sentimos en vilo, sin asidero, sin sostén, donde vivimos con la sensación de flotar sobre un aterrador vacío en la que podemos ser víctimas del pánico. Esto puede perfectamente explicar por qué nos resistimos a cambiar nuestra estructura conceptual y emocional voluntariamente, más bien, la cambiamos cuando las experiencias de vida con toda su crudeza no nos dejan salida y nos acorralan en un rincón estrecho y oscuro.

En el proceso de evolución para alcanzar una conciencia más universal, tarea a la que le he invertido un buen número de años con evidencias perceptibles a lo largo de los ensayos que he escrito con anterioridad, ha sido necesario sacudir y ajustar mi estructura conceptual y emocional. En los momentos de vacío y falta de sostén he recurrido a Dios, quien se me ha revelado como la máxima superestructura existente que lo contiene todo, que integra el pasado, el presente y el futuro como una sola unidad, que es omnipotente, omnisciente y omnipresente y, ante quien no tiene caso oponer resistencia, puesto que su voluntad se cumplirá inevitablemente y porque, además, no hay existencia posible independiente de Él, en lugar de ello, todo es tan sólo una forma de expresión suya y cada uno de nosotros, por consecuencia, somos una de esas formas que Él asume. Este razonamiento me ha ayudado a sortear obstáculos y superar conflictos internos ideológicos o emocionales, sin embargo, ha resultado vital e indispensable desarrollar la certeza de que la sensación de estar sobre el vacío y a la deriva es tan solo una ilusión consecuencia de creerme independiente de Dios pero sin control absoluto sobre lo que fluye en mi interior, sobre lo que me constituye y sobre lo que me rodea, si acaso un mínimo de control por demás insuficiente. Para superar la sensación de estar sobre el vacío y estar a la deriva, tengo en mente un Dios que llena todo incluso ese vacío y representa el asidero que necesito de tal forma que el miedo se disipa y llega la calma para continuar con mi evolución. Pero es un Dios que no está disponible para caprichos o pretensiones egoístas si no que busca objetivos superiores y ser un instrumento suyo para alcanzarlos, le da sentido a mi existencia. La calma llega al ubicar a Dios como la esfera de unicel más fundamental sobre la cual descansa todo el modelo de la molécula por más compleja que esta sea.

Tener esta noción de Dios como quien lo gobierna todo, incluyendo a nosotros mismos, nos libera de toda responsabilidad sobre lo que decidimos o hacemos pero la responsabilidad regresa a nosotros, cuando volvemos a concebirnos independientes de Él, pensando y actuando como si fuésemos totalmente autónomos, con objetivos de vida muy nuestros alejados de los de Dios, reclamando una identidad propia y un libre albedrío a partir de lo cual surge y crece la soberbia. En términos simples, se trata del contraste entre conducirse consistentemente como una expresión de Dios y por lo tanto gobernado en todo por Él, libre de responsabilidades y, por otro lado, conducirse con independencia de Dios persiguiendo propósitos a partir de nuestro ego y asumiendo las responsabilidades del libre albedrío. Hacer lo primero parece deseable frente a la opción de hacer lo segundo donde las responsabilidades nos sobrepasen y paguemos el alto costo de expiar nuestros errores. Un ejemplo de este contraste emerge escandaloso al plantearse si Jesús, se guardó de pecado y dio su vida por amor a la humanidad sin pensar en sí mismo o cumplió esa misión que le fue encomendada por su padre Dios con el objetivo de convertirse en heredero universal de toda la creación. ¿Hasta dónde actuó Jesús por obediencia ciega y total a Dios y amor incondicional a la humanidad? y, ¿hasta donde actuó porque en su interior sabía que podría convertirse en el heredero de la creación?, hacer lo primero estaría alejado de cualquier vestigio de egoísmo y hacer lo segundo, sería precisamente una manifestación de egoísmo.

Un camino para superar el dilema sería recurrir al paradigma representado por la relación de la parte y el todo; una pieza de rompecabezas tiene una forma determinada y, por lo tanto un rol muy suyo indispensable para la completez de la imagen total del rompecabezas; hay un vínculo indisoluble entre una pieza particular y el rompecabezas completo; una pieza es indispensable para que la imagen total quede definida pero la imagen total le da sentido a esa pieza particular por pequeña que ésta sea. Teniendo en mente que una pieza del rompecabezas es la expresión de la imagen total del rompecabezas en una parte muy específica de si misma, puede concebirse la idea de que una pieza del rompecabezas y la totalidad del mismo son una unidad. Esto se puede ilustrar lanzando un dardo al rompecabezas, si el dardo cayó en el rompecabezas, cualquier parte donde haya caído es el rompecabezas mismo, es decir, la parte y el todo son una sola cosa, forman una unidad total, uno es el otro y el otro es uno.

A partir de esto, se puede entender que Jesús y su padre Dios son uno mismo; Jesús representaría la parte y Dios representaría el todo. Se desvanece así, el dilema planteado, porque tanto la orden como el acto de obediencia provienen del mismo ser y, tanto la acción de dar en herencia y como la acción de recibir la herencia coinciden en el mismo ser. Similarmente, no hay pérdida de individualidad al ser expresión de Dios y entregarle el control. Así como la parte convive con el todo, una pieza particular del rompecabezas convive con la totalidad del rompecabezas. El riesgo de abandonarse hasta la muerte por ceder la totalidad del control a Dios siendo una parte de Él, no existe porque nuestra vida, aunque no lo hayamos comprendido así, siempre ha sido la expresión de la vida de Dios y ésta no desaparecerá por el hecho de que una parte de Él, le entregue la totalidad del control.

Persiste solamente el egoísmo como un riesgo real, el pensar solo en sí mismo e ir por la vida sacando ventaja de los demás solo para satisfacer intereses propios. Este camino cancela la posibilidad de compartir la eternidad con Dios y nos condena a una muerte inminente en la medida en que la confrontación contra todo lo que nos rodea impulsada por el egoísmo, nos impide obtener cuanto necesitamos para seguir subsistiendo.

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